ARTÍCULO DE "EL ADARVE", EL BLOG DE MIGUEL ÁNGEL SANTOS GUERRA. (No es que esté en plan vago, es que me gustó mucho el texto. Me permito por tanto copiarlo tal cual, espero que su autor no se enfade).En un reciente viaje a Santiago de Chile en el que pude compartir con experimentados colegas reflexiones, experiencias y sentimientos, tuve la suerte de recibir de uno de ellos un hermoso relato que quiero transcribir y comentar a continuación.
La historia fue publicada hace años por la profesora Teresa Sagués Narea, Directora a la sazón de una escuela de Maipú, en una revista dedicada a Educación.
Una mañana entró a mi oficina un profesor y me dijo preocupado:
- Directora, no sé qué hacer con la niña X, no puedo pasarla a segundo. Esta niña está inmadura. ¡Si viera sus cuadernos!
Fui al aula y, mientras conversaba con los alumnos, iba revisando disimuladamente sus cuadernos. Me detuve ante la niña X. ¡Tenía razón el profesor! Su cuaderno estaba todo rayado y sucio. En medio de ese caos descubrí una “o”, y le pregunté:
- ¿Hiciste tú esa letra tan bonita?
Su rostro se iluminó de inmediato y, entusiasmada, contestó afirmativamente. Le dije que pronto iba a escribir muy bien. Y le hice una caricia.
Por la tarde, un inspector me dijo que una niña me estaba buscando por todas partes. Yo estaba en una reunión académica con profesores de educación media. Tuve que interrumpir la reunión porque la niña, al parecer, insistía en que no podía irse a su casa sin hablar conmigo. La observé ansiosa y feliz al mostrarme páginas y páginas donde aparecía impecable la letra “o”. ¡Había dedicado toda la mañana a escribir dicha letra!
La autora del relato dice, para concluir el texto que envía a la sección de Cartas al Director de la Revista, dice: “Esta simple anécdota pone de relieve que el aprendizaje es posible si nos ponemos en el lugar del niño, si lo comprendemos lo ayudamos y, sobre todo, lo amamos”.
Comparto plenamente la visión de la profesora chilena. Es el amor el que abre las puertas del conocimiento. La niña, que llena el cuaderno de garabatos, ante una felicitación y una caricia se siente motivada para el esfuerzo. Un esfuerzo que se le convierte en una actividad placentera. La niña llena las hojas de oes porque se siente estimulada, porque espera seguir recibiendo el afecto y las felicitaciones de la directora. Por eso la busca, por eso quiere presentarle su colección de aciertos. Ella lo sabe hacer, no una vez por casualidad, ella lo puede repetir hasta el infinito.
Ahora es capaz de esforzarse. Lo puede hacer durante mucho tiempo. Porque su esfuerzo tiene un sentido. Las teorías constructivistas del aprendizaje sostienen que para que haya aprendizajes relevantes y significativos hace falta que haya una lógica interna en el conocimiento y una lógica externa de modo que el conocimiento nuevo conecte con lo que el aprendiz ya sabe. Y añade que tiene que haber una disposición emocional hacia el aprendizaje. Es la disposición que encuentra la niña para ponerse a trabajar.
Sé que los niños tienen que aprender que hay que esforzarse, que existe el deber que nos conduce al trabajo incluso cuando es ingrato. Es cierto. Pero nadie me negará que el esfuerzo adquiere un sentido especial cuando está justificado. Y, sobre todo, cuando la justificación tiene una raíz emocional.
El relato de la profesora Sagués me permite recordar la importancia que tiene escribir lo que nos sucede y sobre lo que nos sucede en la escuela. Digo que es importante escribir porque al hacerlo domesticamos el discurso caótico y errático que algunas veces tenemos sobre la práctica docente. Para escribir tenemos que ordenar, estructurar y argumentar. Hay que ir de unas cosas a otras con orden. Hay que explicar por qué decimo0s unas cosas y no otros y por qué colocamos unas cosas después de otras.
Algunos piensan que sólo deben escribir los académicos. No estoy de acuerdo. Algunos no escriben porque creen que no tienen nada que contar. Recuérdese aquella hermosa leyenda persa que dice: Al comienzo de los tiempos los dioses repartieron la verdad dando a cada persona un trocito, de modo que para reconstruirla hace falta poner el trozo de cada uno.
Hay muchos profesores que desarrollan prácticas admirables que no podemos conocer y de las que no podemos aprender porque no se han decidido a escribir sobre ellas. Ellos mismos, al escribir, descubrirían como comprenderlas y mejorarlas en su racionalidad y en su justicia. Porque la escritura actuaría como un espejo en el que se podrían reflejar sus aciertos y sus limitaciones.
Todos los profesores tienen experiencia. Algunos, mucha experiencia acumulada ya. Pero pocos han reflexionado por escrito sobre ella. Pocos han decidido compartir con los demás, a través de la magia de la escritura, lo que han hecho, lo que han vivido, lo que han sentido y lo que han aprendido,. Lástima.
Hay quien plantea otra excusa: no sé escribir. No se me da bien poner por escrito lo que haga o lo que pienso. Pues bien, a escribir se aprende escribiendo. Como a nadar o a montar en bicicleta. Y no es tan difícil: sujeto, verbo y predicado. Sujeto verbo y predicado. Sujeto, verbo y predicado. Hasta que se acabe de contar lo que se quiere. Y si algún amigo tiene la amabilidad de corregirlo antes de publicarlo, mejor que mejor.
La escritura nos ofrece otra enorme ventaja. Que otros pueden leer. Y estimularse. Y aprender. No sólo conocimientos, sino iniciativas y estrategias. Quienes lean verán también alimentadas sus emociones. Comprobarán que no están solos en ese noble empeño de construir una escuela mejor, de reinventarla cada día. Si la profesora Sagués no se hubiera decidido a escribir su experiencia con la niña de las oes, no podríamos estar ahora leyendo, pensando y ejercitando la capacidad de mejorarnos.



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